Hola, querida!

Mi nombre es Mónica Lara Claveria, y nací en mi pequeña y especial Lleida.

No soy psicóloga, ni doctora, ni tampoco terapeuta; pero sí soy mujer, hija, hermana, madre, compañera, amiga, y sobre todo, sobre todo, una humana igual que tú.

Me he pasado casi toda mi vida fuera de mí. Y he perdido mucho tiempo, pero mucho, buscando cobijo en otros cuerpos, en otras mentes y en otras almas.

Déjame que te cuente algo que marcó la relación conmigo misma y con los demás.

Cuando cumplí dieciséis años, llegué a casa y le dije a mi padre: “Papá, me voy a tatuar una mariposa”. Imagínate la reacción de mi padre. Un hombre que fue educado en la sociedad de los años 50, una época en la que se pensaba que los tatuajes eran propios de los hombres, pero no de las mujeres.

Aún así, yo lo intenté. No solo lo intenté, sino que me puse tan pesada y se lo repetí tantas veces que al final, me dijo: “haz lo que te dé la gana”.

Ese tatuaje significaba para mí sentirme libre, vivir a mi manera, volar sin seguir el rumbo de nadie y ni de nada. Pero aún así, tatuarme mi “mariposa” tuvo consecuencias. Mi padre no me dirigió la palabra ni la mirada durante dos meses.

Aquello me hizo dudar de mí, me hizo sentir culpa, e incluso, me convencí a mí misma de que no era bueno dejarme llevar por mis propias ideas, deseos o decisiones.

¿Qué terrible, verdad?

Yo llegué a pensar que si no hacía lo que querían los demás, ellos me dejarían de querer. Pensé profundamente que yo era una inconsciente, una irresponsable y una egoísta, así que desde aquel entonces, “cosí las alas de mi mariposa para no tener la tentación de volver a volar”.

¿Cuántas veces atamos nuestras alas, porqué hay alguien a quien no le gusta nuestro vuelo?

A veces, las mujeres nos hacemos mariposas, y al volar en libertad, nos da vértigo, miedo y culpa.

Durante tantos años, me perdí en la opinión ajena, intenté llenar mi vacío, te juro que lo intenté, me formé e informé, comí, bebí, reí... y nada de eso funcionó.

Intenté ocuparme de los problemas de los demás más que de los míos, intenté disimular apareciendo en redes, con mi sonrisa (soy de risa fácil), y aún así me tocó mirarme a los ojos, contarme verdades, aprender a habitarme de nuevo, reapropiarme de lo que era mío, crearme de nuevo, reconocerME en mi cuerpo, mi casa y fue ahí donde nacieron de verdad las cartas ME.

Me gustaría pedirte algo cuando trabajes con las cartas: Te pido que te cuides, que tengas paciencia.
Te pido que te hables bonito, que respetes tus tiempos.

Quédate solo con lo que te sirva, si te pillas diciéndote “ah, esto ya lo sé”, pregúntate si lo estás aplicando. Compruébalo tú misma, y sobre todo, te pido que disfrutes del viaje, porque sin duda vas a emprender un viaje con la mejor mujer que conoces: tú misma.

Ojalá que te ayuden a ver la mujer que hay fuera y dentro de ti.

¡Gracias, gracias, gracias por llevarme contigo! Y ahora sí que sí, ¡bienvenida!

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Cartas ME

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